Salvación
Enseñamos que la salvación es completamente
de Dios por gracia, basada en la redención de Jesucristo —tanto en los méritos
de Su vida de perfecta justicia como en Su sangre expiatoria— y no en los
méritos o las obras humanas (Juan 1:12; Romanos 5:18–19; Efesios 1:7; 2:8–10; 1
Pedro 1:18–19).
Elección
Enseñamos que la elección es el acto
soberano de Dios por el cual, antes de la fundación del mundo, Él eligió
incondicionalmente en Cristo a todos aquellos a quienes Él regeneraría,
salvaría y santificaría de manera soberana (Romanos 8:28–30; 9:11–16; Efesios
1:4–11; 2 Tesalonicenses 2:13; 2 Timoteo 2:10; 1 Pedro 1:1–2).
Enseñamos que la elección soberana no
contradice ni anula la responsabilidad del hombre de arrepentirse y confiar en
Cristo como Salvador y Señor (Ezequiel 18:23, 32; 33:11; Juan 3:18–19, 36;
5:40; Romanos 9:19–23; 2 Tesalonicenses 2:10–12; Apocalipsis 22:17). Sin
embargo, dado que la gracia soberana incluye los medios para recibir el don de
la salvación, así como el don mismo, la elección soberana resultará en lo que
Dios determina. Todos aquellos a quienes el Padre ha elegido, los llamará
eficazmente hacia Sí mismo. Todos aquellos a quienes el Padre llama eficazmente
vendrán en fe. Y todos los que vienen en fe serán recibidos por el Padre (Juan
6:37–40, 44; Hechos 13:48; Romanos 8:30).
Enseñamos que la elección de los pecadores
totalmente depravados por parte de Dios es incondicional, basada únicamente en
la libertad soberana de la propia voluntad de Dios. La elección es una
expresión del favor inmerecido de Dios y no está relacionada con ninguna
iniciativa del propio pecador. No está basada en la anticipación de Dios sobre
lo que los pecadores puedan hacer por su propia voluntad, ni siquiera en
respuesta a su fe prevista. Más bien, la elección depende únicamente de Su
soberana gracia y misericordia (Romanos 9:11, 16; Efesios 1:4–7; Tito 3:4–7; 1
Pedro 1:2).
Enseñamos que la elección no debe
considerarse meramente como una soberanía abstracta. Dios es verdaderamente
soberano, pero ejerce esta soberanía en armonía con Sus otros atributos,
especialmente Su omnisciencia, justicia, santidad, sabiduría, gracia y amor
(Romanos 9:11–16). Esta soberanía siempre exaltará la voluntad de Dios de una
manera totalmente consistente con Su carácter revelado en la vida de nuestro
Señor Jesucristo (Mateo 11:25–28; 2 Timoteo 1:9).
Expiación
Enseñamos que el Señor Jesús, por Su
perfecta obediencia y sacrificio de Sí mismo, que ofreció a Dios a través del
Espíritu eterno (Hebreos 9:14; 10:14), ha satisfecho plenamente la justicia de
Dios (Hebreos 2:17; 1 Juan 4:10), ha propiciado la ira de Dios (Romanos
3:25–26; cf. 1:18), ha logrado la reconciliación (Romanos 5:10), y ha comprado
una herencia eterna en el reino de los cielos (Hebreos 9:15) para todos
aquellos que el Padre le ha dado (Juan 6:39; 10:14–15, 28–29; 17:2, 9, 24).
Regeneración
Enseñamos que la regeneración es una obra
sobrenatural del Espíritu Santo mediante la cual se da una nueva naturaleza y
vida espiritual (Juan 3:3–7; 2 Corintios 5:17; Tito 3:5). Es instantánea y se
realiza únicamente por el poder del Espíritu Santo a través del instrumento de
la Palabra de Dios (Juan 5:24; Santiago 1:18; 1 Pedro 1:23). Como resultado de
esta iluminación divina (2 Corintios 4:6), el pecador arrepentido, habilitado
por el Espíritu Santo, responde en fe a Cristo (1 Juan 5:1).
Justificación
Enseñamos que la justificación ante Dios es
el acto de Dios (Romanos 8:33) en el cual Él declara justos a aquellos que, por
Su gracia irresistible, se arrepienten de sus pecados (Lucas 13:3; Hechos 2:38;
3:19; 11:18; Romanos 2:4; 2 Corintios 7:10; cf. Isaías 55:6–7), se vuelven a
Cristo en fe (Hechos 16:31; 20:21; Romanos 1:16; 3:22, 26; Gálatas 3:22), y lo
confiesan como soberano Señor (Romanos 10:9–10; 1 Corintios 12:3; 2 Corintios
4:5; Filipenses 2:11).
Enseñamos que la justicia de la
justificación no es infundida en el creyente, ni es alcanzada por ninguna
virtud o obra del hombre (Romanos 3:20; 4:4–6), sino que es la declaración
legal de estar en correcta relación con Dios (Deuteronomio 25:1; Romanos 8:1,
33–34). Enseñamos que la justificación consiste en la imputación de nuestros
pecados a Cristo (Colosenses 2:14; 1 Pedro 2:24) y la imputación de la justicia
de Cristo a nosotros (1 Corintios 1:30; 2 Corintios 5:21; cf. Romanos 5:18–19),
solo a través de la fe, aparte de las obras (Romanos 3:28; 4:4–5; 5:1; Gálatas
2:16; 3:11, 24). De esta manera, Dios es "justo y el que justifica al que
tiene fe en Jesús" (Romanos 3:26).
Santificación
Enseñamos que todo creyente es santificado
(apartado) para Dios en la conversión, declarado santo, y por lo tanto
identificado como un santo. Esta santificación es posicional e instantánea y no
debe confundirse con la santificación progresiva. Esta santificación tiene que
ver con la posición del creyente, no con su caminar o condición actual (Hechos
20:32; 1 Corintios 1:2, 30; 6:11; 2 Tesalonicenses 2:13; Hebreos 2:11; 3:1;
10:10, 14; 13:12; 1 Pedro 1:2).
Enseñamos que también existe, por la obra
del Espíritu Santo, una santificación progresiva en la cual el estado del
creyente es llevado a una mayor conformidad con la posición que disfruta
posicionalmente a través de la justificación. A través de la obediencia a la
Palabra de Dios y el poder del Espíritu Santo, el creyente puede vivir una vida
de creciente santidad en conformidad con la voluntad de Dios, volviéndose más y
más como nuestro Señor Jesucristo (Juan 17:17, 19; Romanos 6:1–22; 8:29; 2
Corintios 3:18; 1 Tesalonicenses 4:3–4; 5:23).
En este sentido, enseñamos que toda persona
salvada está involucrada en un conflicto diario: la nueva creación en Cristo
lucha contra la carne, pero se dispone de una provisión adecuada para la
victoria a través del poder del Espíritu Santo que habita en nosotros. La
lucha, no obstante, permanece con el creyente durante toda esta vida terrenal y
no termina completamente hasta que ve a Cristo cara a cara. Todas las
afirmaciones de erradicación del pecado en esta vida no son bíblicas. La
erradicación del pecado no es posible, pero el Espíritu Santo sí provee
victoria sobre el pecado (Gálatas 5:16–25; Efesios 4:22–24; Filipenses 3:12;
Colosenses 3:9–10; 1 Pedro 1:14–16; 1 Juan 3:2–9).
Seguridad
Enseñamos que todos los redimidos, una vez
salvados, son guardados por el poder de Dios y, por lo tanto, están seguros en
Cristo para siempre (Juan 5:24; 6:37–40; 10:27–30; Romanos 5:9–10; 8:1, 31–39;
1 Corintios 1:4–8; Efesios 4:30; Hebreos 7:25; 13:5; 1 Pedro 1:5; Judas 24).
Aquellos que alguna vez profesaron fe y luego niegan al Señor demuestran al
apartarse de nosotros que nunca fueron verdaderamente salvos (1 Juan 2:19).
Enseñamos que es el privilegio de los
creyentes regocijarse en la seguridad de su salvación a través del testimonio
de la Palabra de Dios, la cual, sin embargo, prohíbe claramente el uso de la
libertad cristiana como ocasión para una vida pecaminosa y carnal (Romanos
6:15–22; 13:13–14; Gálatas 5:13, 25–26; Tito 2:11–14).
La verdadera salvación se manifiesta por
frutos dignos de arrepentimiento, como se demuestra en actitudes y conductas
justas. Las buenas obras son la evidencia apropiada y el fruto de la
regeneración (1 Corintios 6:19–20; Efesios 2:10) y se experimentarán en la
medida en que el creyente se someta al control del Espíritu Santo en su vida a
través de la obediencia fiel a la Palabra de Dios (Efesios 5:17–21; Filipenses
2:12b; Colosenses 3:16; 2 Pedro 1:4–10). Esta obediencia hace que el creyente
sea cada vez más conformado a la imagen de nuestro Señor Jesucristo (2
Corintios 3:18). Tal conformidad se culmina en la glorificación del creyente en
la venida de Cristo (Romanos 8:17; 2 Pedro 1:4; 1 Juan 3:2–3).
Separación
Enseñamos que la separación del pecado es
claramente requerida a lo largo de los Testamentos Antiguo y Nuevo, y que las
Escrituras indican claramente que en los últimos días aumentarán la apostasía y
la mundanalidad (2 Corintios 6:14–7:1; 2 Timoteo 3:1–5).
Enseñamos que, de una profunda gratitud por
la gracia inmerecida de Dios que se nos ha concedido, y porque nuestro glorioso
Dios es tan digno de nuestra consagración total, todos los salvados deben vivir
de tal manera que demuestren nuestro amor adorador a Dios, no trayendo reproche
sobre nuestro Señor y Salvador. También enseñamos que la separación de toda
apostasía religiosa, y de prácticas mundanas y pecaminosas, es un mandato de
Dios (Romanos 12:1–2, 1 Corintios 5:9–13; 2 Corintios 6:14–7:1; 1 Juan 2:15–17;
2 Juan 9–11).
Enseñamos que los creyentes deben estar
separados para nuestro Señor Jesucristo (2 Tesalonicenses 1:11–12; Hebreos
12:1–2) y afirmamos que la vida cristiana es una vida de obediencia y justicia
que refleja las enseñanzas de las Bienaventuranzas (Mateo 5:2–12) y una
continua búsqueda de santidad (Romanos 12:1–2; 2 Corintios 7:1; Hebreos 12:14;
Tito 2:11–14; 1 Juan 3:1–10).